EMILIO CASTELAR.
Ksüt n|ir« <*s propiedad de su autor.
EMILIO CASTELAR
SEMBLANZA MORAL,
INTELECTUAL Y POLÍTICA
POR
A. GRIMALDI.
CÁDIZ.
IMPRENTA Y LITOGRAFIA ESPAÑOLA.
Á CARGO DE D. JUAN A. HERNANDEZ,
Ancha 19 y Laurel, 2.
1808.
A los Demócratas gaDitanos
La democracia española no es una idea nueva. Se
hallaba encarnada en nuestras antiguas leyes, en
nuestras costumbres.
Si teníamos un rey, era porque necesitábamos
un caudillo que nos guiase al combate en aquellos
tiempos esencialmente guerreros.
Pero aquel monarca reinaba por la libérrima vo¬
luntad del pueblo, aceptando y jurando las leyes fun¬
damentales que en uso de nuestra Soberanía/ forma¬
ban nuestras Cortes.
A condición de que guardaría las leyes, lo ha¬
cíamos rey é si non , non.
La idea democrática sucumbió por la división de
nuestras familias nobles, por la incuria de los pueblos
bajo la espada de la casa de Austria y por las intrigas
y el despotismo de la casa de Borbon.
Pero la idea no había muerto y renació en Cádiz.'
en 1812, entre el humo de la pólvora y los himnos
guerreros, en la lucha heroica de la Independencia.
° Un execrable Borbon, deshonra viva en medio de
la deshonra de su familia, hundió la ilbertad por me¬
dio de la fuerza y del perjurio.
En 1820, se levanta de nuevo la democracia pro¬
clamando la Constitución de 1812, y tres años después
un ejército estrangero, restauraba el trono podrido de
los Borbones y derrocaba la libertad.
Los esfuerzos de la democracia han sido desde en¬
tonces inauditos. Las cárceles, los presidios, los cadal-
sos no lian logrado arrancar la idea de nuestros cora¬
zones ni debilitar nuestra fé. Tres veces la libertad lia
sucumbido y otras tantas se ha levantado contra la
mas inicua opresión.
Ahora mismo, acabamos de derrocar el trono de
los Borbones, raza maldita en la historia, dejando un
inmenso rastro de sangre y de ruinas sobre el suelo
español.
Pero esa sangre ha fertilizado el campo de la li¬
bertad, y el árbol santo de la democracia estiende lo¬
zano sus ramas, para cobijar bajo su benéfica sombra
las nuevas instituciones que el pueblo en uso de* su
Soberanía proclamada hoy mas que nunca á la faz de
la Europa, quiera darse.
Demócratas fueron nuestros antepasados; demó¬
cratas fueron nuestros abuelos y nuestros padres en
1812 y 1820; demócrata es mas que nunca España,
después de la declaración de derechos proclamada por
todas las juntas revolucionarias y aceptada por todo
el pueblo español.
Dentro de ese programa eminentemente democrá¬
tico no cabe mas que una república federativa. Para
que cupiera un trono dentro de ese programa sería
necesario mutilarlo y eso no lo harán las Cortes Cons¬
tituyentes porque sería el suicidio de la democracia
por la Soberanía Nacional que es la democracia mis¬
ma. Sin embargo, tal es la rigidez de este principio
en los países que desean regenerarse, que se debe aca¬
tamiento á la voluntad naciomil.
En todo caso, la democracia no debe abatirse; la
democracia, que es un principio eterno, podrá eclip¬
sarse pero no puede morir.
La democracia es la fórmula del siglo que vá á
sucedemos, preparando acaso el terreno á otras solu¬
ciones que se están desarrollando lentamente al abri¬
go del porvenir.
La democracia gaditana que tiene la gloria de ser
en los tiemp >s moderdo® la primera de España,' tiene
también mas sagrados deberes que cumplir: los debe¬
res de la que ha nacido antes, la que tiene el derecho
de enseñar á la que nació de su seno.
Por eso los apóstoles de la idea, Cas telar y Bar-
( VII )
cia, lian mirado siempre con predilección á la demo¬
cracia gaditana.
Dos palabras sobre estos dos hombres eminentes.
Castelar es el apóstol que con la persuacion en sus
labios y el atractivo irresistible en su voz, avasalla,
arrastra los corazones.
Barcia es la lógica inflexible del derecho, que no
transije, que se impone á la inteligencia humana.
Castelar habla al sentimiento, y conmueve.
Barcia habla á la cabeza, y persuade.
Castelar quiere destruir el edificio de los errores
piedra por piedra.
Barcia es la mina quo derriba la vieja fortaleza
con una sola esplosion.
Roque Barcia es el hacha revolucionaria que hien¬
de y destruye la vieja encina que no dá fruto.
c Emilio Castelar es el selvicultor que corta las ra¬
mas podridas y beneficia el árbol esperanzado en que se
vuelva fructífero.
Barcia es la tormenta que ruje en el espacio, que
desgarra la i\ube, que desborda el torrente, que des¬
truye los campos; pero que despeja la atmósfera y be¬
neficia los terrenos que inunda. '
Castelar es el regenerador que levanta la casa
caida reconstruyendo; que endereza el árbol derriba¬
do cultivándolo: que encauza el rio desbordado, dis¬
tribuyéndolo en canales de riego.
Barcia hace penetrar en la conciencia del répro-
bo el remordimiento.
Castelar lleva al alma del estraviado la esperanza.
Barcia quiere romper bruscamente la cadena del
esclavo, sil cuidarse del sacudimiento doloroso que
pueden sentir sus miembros.
Castelar lima los eslabones porque no sufra el
esclavo.
La palabra de Barcia ruda y seca, persuade al
amigo é irrita al adversario.
La de Castelar agrada al amigo y si no conven¬
ce, no escita el rencor del contrario.
Los enemigos de la democracia podran amar al¬
guna vez á Castelar: á Roque Barcia, nunca; porque
los tiros de este son mortales, mientras que los de
Emilio Castelar dan alguna esperanza.
( vm )
Cuál de los dos tiene razón? ¿Cuál de los dos vá por
el buen camino? Ambos.
La revolución necesita destruir: la revolución
nece sita reedificar.
La revolución que destruye y no reedifica, es
una revolución salvaje. Por eso al lado de la picare-
ta, debe estar el plano de la nueva construcción.
El que derriba un convento para hacer una pla¬
za, no ha hecho mas que cambiar una cosa ociosa por
otra inútil. Pero el que derriba un convento para hacer
una fábrica, una casa de educación ó un establecimiento
benéfico, ha hecho un bien á la sociedad.
Bajo este punto de vista la revolución es á la vez
destructora y reparadora.
Estos dos fines que se hermanan perfectamente,
y Emilio Castelar y Roque Barcia quo los represen¬
tan, merecen bien de la libertad, de la pátria.
Y si hoy escribimos sobre las virtudes cívicas y
superior inteligencia de Castelar, es porque nació en¬
tre nosotros, en este suelo clásico de la libertad. Es
porque la democracia gaditana se ha educado en su
escuela, por las doctrinas de su periódico. Es porque
á semejanza de su apóstol, la democracia gaditana
es humanitaria, propagandista y civilizadora cual
cumple á la época que atravesamos, en que las doc¬
trinas de atracción dominan sobre las de repulsión.
Hoy nuestras barricadas son las reuniones, las
asociaciones, la tribuna, la cátedra, el libro, el pe¬
riódico y la hoja ambulante. Nustras armas, el dere¬
cho, el trabajo, la fé y la constancia.
Al dedicar este humilde trabajo á la democracia
gaditana, no me mue*ve mas objeto que el pagar un
débil aunque merecido tributo al hombre que ha sa¬
bido hermanar en un consorcio admirable la libertad
con el sentimiento: el derecho con el deber: e! espíritu
con la materia, como representación viva del porvenir.
Si este trabajo, mas hijo del corazón que de lá
inteligencia, es acojido con benevolencia por ios de¬
mócratas gaditanos, habré conseguido la mas grata
de las recompensas.
Cádiz l.° de-Noviembre de 1838.
Á. Grimaldi.
EMILIO CASTELAR.
I.
Siempre que se presentan en el mundo esas gran¬
des crisis de la humanidad que hacen de todo punto
insostenible lo existente, la Providencia dá vida á un
ser privilegiado, dotándolo de cualidades extraordi¬
narias y marcándolo con el sello déla predestinación.
Ese génio comprende lo que no comprende la mul¬
titud; tiene mayor fuerza, mayor inteligencia, mas
fé, mas amor y mas esperanza que toda la colectivi¬
dad. Habla, y su palabra persuade á todo el mundo:
se mueve y todos le siguen. El solo enciende con su
llama el tibio corazón de los demás. Su voluntad es
ley. Nadie le pregunta qué piensa, adonde se dirige:
nadie le pide los títulos de su misión, ni le exige ga¬
rantías en cambio de la adhesión que le presta!
Y el hombre predestinado habla, se mueve, cuen¬
ta con todas las voluntades, con todos los tesoros, con
todos los sacrificios. La crisis se resuelve y la huma¬
nidad se salva.
Otras veces no es una gran crisis la que atraviesa
un pueblo, sino una gran necesidad moral que siente.
Entonces la Providencia allega el remedio, depositán¬
dolo en manos de un hombre extraordinario.
Otras veces en fin, la necesidad es económica y
basta para satisfacerla el hueso de una fruta sembra¬
do por una mano próvida en un pais pobre; el descu¬
brimiento de una máquina; la aplicación de un nue¬
vo procedimiento. Pero siempre es un hombre predes¬
tinado el que se encarga por la Providencia de tan sa¬
grada misión. La historia nos ensena estas verdades.
Roma liabia caido bajo la tiranía de los Césares:
los últimos suspiros de la libertad habían venido ámo¬
rir humildemente á sus plantas. Las legiones roma¬
nas habían dominado al mundo, dividiéndolo en opre¬
sores y oprimidos. Esclavos de todas las razas, iban á
Roma á levantar los arcos de triunfo bajo los cuales
liabian de pasar los soberbios vencedores; y á construir
aquellas inmensas calzadas, cu3 r os vestigios escitan hoy
la admiración del mundo. Aquellos esclavos cultiva¬
ban la tierra, servían á los señores; y á semejanza de
nuestros caballos de plaza, iban á morir sobre la are¬
na del Circo saludando al emperador al arrojarla vi¬
da con el último borbote de sangre que saltaba de la
ancha herida.
Esclavos de todos los climas coronados de flores
y empapados de aromas, alternaban con los libertos
en las escandalosas orgias, ó se condenaban á los du¬
ros trabajos del hombre.
La santa virtud, huyendo de aquella tierra de
maldición, se había refugiado en el cielo. Roma, ava¬
sallándolo todo, todo lo había materializado, porque
donde no reinalalibertad, no se desarrolla y fructifi¬
ca el espíritu,
Cuando la humanidad no llena las condiciones
— 3 —
impuestas por la Providencia, necesita regenerarse,
puesto que no puede morir. Por eso, de enmedio de
aquel lago cenagoso donde se removian todos los vi¬
cios, todas las prostituciones, nació el cristianismo
y el soplo del espíritu volvió á reanimar la materia.
Esto no pudo verificarse sin luchas terribles. Corrió
en abundancia la sangre de los mártires; la sencilla
elocuencia de la muger, del esclavo y del niño, ven¬
ció muchas veces á la elocuencia ilustrada que hada¬
do tan justa celebridad á los oradores de Roma. El es¬
píritu de la.nueva ley se difundía por las masas, se
introdücia en las legiones y semejante á la electrici¬
dad lo penetraba todo.
Pocos siglos bastaron para cambiar la faz del mun¬
do. El genio que obró tan portentosa transformación
fué Jesu-Cristo.
II.
La misma Roma salía de la Edad Media. El guer¬
rero hasta entonces rudo, religioso y apasionado, em¬
pezaba á discurrir. Los claustros, depositarios de los
conocimientos humanos en viejos pergaminos, abrían
las puertas de sus bibliotecas' á la inteligencia y al
arte. Los señores feudales comenzaron á avergonzar¬
se de su ignorancia y quisieron entender algo de lo
que hablaban los sábios. Estos mismos rectificaban
los errores propios y estraños. Al mismo tiempo Ita¬
lia abría sus hospitalarias puertas á la emigración
griega. Un comerciante de lanas, Cosme de Médicis,
que tenia el instintodelobuenoy lo bello,cambióuna vez
sus mercancías por estatuas y manuscritos: dió además
el pasage gratuito á varios ilustres griegos y aque-
— 4 —
lias preciosas reliquias de la grande y desgraciada
Atenas, vinieron á embellecer las bibliotecas, los sa¬
lones y las jardines de la rica Florencia. Aquella fué
una chispa eléctrica que se difundió por toda la Ita¬
lia, pueblo inflamable por instinto y dispuesto á todo
lo grande, á todo lo bello. Luis el Moro, los duques
de Urbino y de Ferrara, los Papas, todos los grandes
señores abrieron su alma y las arcas de sus tesoros á
la civilización griega.
La inteligencia se desarrollaba con pasmosa cele¬
ridad; ya no bastaban los manuscritos griegos y ro¬
manos á saciar la curiosidad siempre creciente de to¬
dos. En vano se multiplicaban los copistas: en vano
se pagaban á peso de oro las obras apetecidas: aquel
vértigo de saber necesitaba mayor espansion, mas go¬
ces. Fué entonces la hora señalada por el destino pa¬
ra satisfacer aquella gran necesidad; y Guttemberg
que había perfeccionado la imprenta, pudo admirar
á su patria y seguidamente á la Italia y las demás na¬
ciones, con la publicación de los primeros volúmenes.
Desde entonces los conocimientos humanos estu¬
vieron al alcance de las medianas fortunas. El movi¬
miento intelectual podía ya regularse por el de la im¬
prenta, corrigiendo al mismo tiempo por medio de la
discusión, muchos errores nacidos al abrigo de una
civilización hasta cierto punto improvisada, y que
adolecía de cierto empirismo propio de la escacéz y
gran costo de los manuscritos. Pero la imprenta no
era bastante; era preciso que todas aquellas brillan¬
tes luces esparcidas al acaso, se recogiesen en un fo¬
co desde el cual irradiasen después con la virtud co¬
municada por el centro directivo. Entonces subió al
trono pontificio un ilustre vástago del gran Cosme pa¬
dre de la patria. León X no podía negar las tradicio¬
nes de aquella serie de protectores de las Ciencias y
las Artes. León X á quien con razón llama la historia
el soberano de la inteligencia acogió con amor el in¬
vento de Guttemberg, teniéndolo por casi divino. Y
si mas tarde estableció reglas que limitaban la liber¬
tad del pensamiento, no fué ciertamente por odio á la
prensa; sino porque asi entendia que podía mantener
su esplendor y pureza contra las licencias introduci¬
das por hombres inmorales como el Aretino.
De este modo llegó á su apogeo el renacimiento,
cuna de la civilización moderna.
III.
Francia se liabia colocado al frente de la civili¬
zación del siglo XVIII y París como Atenas en lo an¬
tiguo y Roma en el renacimiento, era la cabeza inte¬
ligente de Europa. Pero Francia estaba corrompida,
degradada. El pueblo solo tenia la libertad de diver¬
tirse y fastidiarse: la nobleza humillada á los piés de
soberanos corrompidos, hacia el oficio de ayuda de
cámara. Preocupaciones groseras ocupaban en el pue¬
blo el lugar de las creencias religiosas. La córte em¬
pezaba á dudar de todo y solo creia en el placer de
los sentidos y en el charlatanismo del espíritu. La
monarquía, deponiendo su severa gravedad, se había
transformado en una tiranía, pueril, caprichosa, in¬
moral y envilecida.
La religión era á la vez el fanatismo, la hipocre¬
sía, el instrumento de ambiciosas miras. Las costum¬
bres públicas partiendo de aquellas dos fuentes cena¬
gosas estaban enteramente viciadas. De vez en cuan¬
do se levantaba una autorizada voz en la tribuna
sagrada, predicando la verdad que todo el mundo es-
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cuchaba con atento silencio; pero sin que se sacára
otro resultado que los elogios tributados al orador
sagrado por su]grandi-locuencia. Escritores profanos
se ocupaban también seriamente de las costumbres
públicas y sus obras se leian y aplaudían en la so¬
bre-mesa de un festín, en el que se había apurado to¬
do lo mas esquisito de la voluptuosidad francesa.
Estaba visto que la voz del ángel dueño no podia
ser escuchada cuando tantos ángeles malos de seduc¬
ción había en la tierra.
Fué preciso que una carcajada solemne, estri¬
dente, estremecedora, se burlase de todas aquellas
miserias. Era preciso poner en ridículo la tiranía de
los reyes, la humillación de la nobleza, .la hipocresía
del partido religioso, la superstición del pueblo: fué
preciso que la mitad del mundo se riera de la otra
media, en el teatro, en la novela, en los círculos aris¬
tocráticos; era preciso en fin, derribar todo lo exis¬
tente, sin cuidarse de lo que vendría después.
Esta misión demoledora no podia estar confia¬
da mas que á Voltaire; génio infernalmente salvador,
en aquella época. Yoltaire, dotado de superior inte¬
ligencia; llegó á comprender que sin una revolución
radical que todo lo destruyese, aquellos males no te¬
nían remedio. Era imposible atacar frente á frente
la tiranía cuando todavía no había nacido un ejérci¬
to libertador: era imposible combatir al fanatismo
cuando se colocaban delante de él una cruz y una es¬
pada: era imposible combatir la ignorancia del pue¬
blo: cuando apenas sabia leer. Necesitó por lo mismo
el gran revolucionario, emplear los medios indirectos:
la guerra de emboscadas, y usar alternativamente,
la pala para los trabajos de zapa, la picareta, cuando
minados los cimientos de un fuerte, bamboleaban sus
murallas. En mas de sesenta volúmenes, con una
perseverancia que sorprende, atacó las bases de aque¬
lla sociedad caduca, teniendo la rara habilidad de
asociar á su misión demoledora, muchos de los
mismos que habían de quedar sepultados entre sus
ruinas. Hízose moda discutir las cosas mas sagradas,
por epigramas: la novela reemplazó al libro de lamo-
ral: el vicio mismo, fue empleado para corregir el vi¬
cio. Los reyes, los grandes, las ilustres damas, las
personas acomodadas y finalmente el pueblo todo, si¬
guió la nueva escuela que consistía en dudar ó ne¬
garlo todo'y en reírse de todo.
Pero Voltaire no estaba solo en aquella tarea: le
acompañabanDiderot, autor del pensamiento delaEn-
ciclopedia: su colaborador el profundo D. Alembert,
el ateo Barón de Holbach y otros filósofos inspirados
por el escepticismo de Yoltaire.
Todos aquellos hombres pusieron mano á la obra,
como si se tratase de levantar una segunda torre de
Babel. Formóse la Enciclopedia; es decir, una com¬
pañía de zapadores y bomberos, cuya misión era der¬
ribar todo lo existente.
IV.
Al lado de aquellos filósofos revolucionarios, ha¬
bía nacido de humilde cuna un hombre modesto, do¬
tado de gran corazón y de superior inteligencia. Era
manso como un cordero, candoroso como un niño,
pudoroso y sensible como una doncella: ingenuo co¬
mo un salvage. Amaba la ciencia, pero odiaba la ci¬
vilización, suspirando por las sociedades primitivas.
Creía que el hombro salía perfecto de manos de
la naturaleza y que después la sociedad lo corrompía:
— 8 —
Creia en Dios: en la virtud en el amor: en la amistad.
Amigo al principio de Yoltaire y sus compañeros, tu¬
vo que apartarse de ellos desde que conocio la distan¬
cia que los separaba en su misión y creencias. ^
Enemigo como los filósofos, de la tiranía y la®
supersticiones, diferia en el modo de combatir aque¬
llas dos plagas sociales. Estaban conforme en que se
derribasen las preocupaciones que habian nacido á la
sombra del altar; pero no queria que se derribara la
imagen. Vencedor en un certámen filosófico en el que
se declaró en contra de la>ociedad existente, escitó
la envidia del círculo Volteriano y desde entonces le
persiguieron con el ridículo. Refugióse Rosuseau en
el interior de su conciencia: consolóse en el regazo del
amor y fué á cantar como un ruiseñor amigo de, la
independencia, en la soledad de los bosques. Allí se
dedicó á escribir varias obras, y entre ellas una pe¬
queña por su volumen, grande por su significado, in-
mensa.por su influjo en la constitución de las nuevas
sociedades. No vacilo en llamar al contrato social,
la biblia del derecho popular.
Se ha disputado mucho en el mundo inteligente
sobre la importancia de aquellos dos hombres ex¬
traordinarios: Unos considerándolos como genios del
bien, otros como génios del mal. Mi opinión, entre
tantas autorizadas opiniones es de poca valía; mas á
pesar de eso no quiero ocultarla.
Yo considero á Yoltaire como lá tormenta que
desborda los torrentes, que troncha las encinas, que
derriba los edificios, que destruye los sembrados, que
ahuyenta los rebaños y difunde el terror por las co¬
marcas; pero que ha purificado la atmósfera de los
miasmas .corrompidos que anunciaban destruir el
mundo moral y preparado el terreno de las reformas.
Rousseau me parece el arco iris que se muestra
— 17 —
después de la tormenta para anunciar á los hombres
la nueva era en que la paz, la libertad, y la justicia
regirán al mundo.
Pero la destrucción liabia sido terrible y la re¬
paración necesariamente habiadeser lenta. Los obre¬
ros de la nueva Sociedad encontraban muy embara¬
zado el terreno y lo peor era que al pió de cada rui¬
na liabia un personage encargado por la reacción en
juntar de nuevo aquellos materiales para levantar
los edificios caídos. Desde entonces comenzó una lu¬
cha moral que terminó en las charcas de sangre de
la revolución francesa, sobre la que me veo obligado
á echar ahora un velo para seguir mi principal in¬
tento.
V.
De la filosofía de aquellos dos hombres estraor-
dinarios nacieron dos escuelas: la que tenia por base
el esceptisismo y la que partía de las creencias. Estas
dos escuelas traspasaron juntas los Pirineos y llega¬
ron á inocularse en nuestra inteligencia Inicia el fin
del siglo anterior.
Es necesario convenir sin embargo, en que la es¬
cuela Volteriana tuvo mas partidarios. Hízose moda
entre nosotros el dudar de todo y el hombre llegó á
avergonzarse de profesar la religión de sus padres.
Devorábanse con ansia las obras de Voltaire, sin que
consiguiese otra cosa el rigor de la censura, que avi¬
var mas el deseo y aumentar el número de los parti¬
darios de la filosofía escéptica. El partido liberal de
España en vez de haberse formado en la escuela del
Contrato Social que hubiera sido lo mas propio, se
* 2
— 18 —
ormó en las tradicciones de la revolución francesa y
en las doctrinas de los enciclopedistas. Esto lia sido
un gran mal para nuestra regeneración social y políti¬
ca; porque influyendo directamente nuestros hombres
notables en las costumbres del pueblo, sembraron
sin conocerlo, perniciosas semillas que hoy nos cuesta
mucho trabajo desarraigar.
La duda conduce naturalmente el hombre al po¬
sitivismo: destierra las creencias tan gratas al cora¬
zón: resiste el sacrificio: no conócela gloria: materia¬
liza el amor: especula con la amistad: el invidualis-
mo triunfa de la colectividad: el hombre no es para la
seciedad, si no la sociedad para el hombre.
De aquí que la política sea un negocio, que la fa¬
milia se considere como una carga: y á la muger co¬
mo un instrumento de medro ó únicamente el mayor¬
domo de la casa. De aquí que nadie quiera plantar
un árbol cuyo fruto no ha de comer, y destruya otro
que pertenece á la generación venidera. De aquí que
se miren las ciencias únicamente bajo el punto de vis¬
ta utilitario y se conviertan las artes en una indus¬
tria. De aquí que se haya conservado la estraña
sicología de los enciclopedistas que consiste en divi¬
dir al hombre en dos partes; en materia y en inte¬
lecto, haciendo completa abstracción del sentimiento ,
la parte mas noble de nuestro ser, la fuente de toda
bondad; el destello mas puro del cielo.
No es mi ánimo calumniar al portentoso siglo
XIX con presentar el lado materialista que lo carac¬
teriza, no como un mal desesperado, si no al contra¬
rio, como una dolencia que tiene remedio.
El siglo de la sabiduría, de la libertad, de la ca¬
ridad colectiva, de la igualdad y la justicia para to¬
dos, no llenaría su misión regeneradora si prescin¬
diera del sentimiento, del amor, alma del universo,
desde el astro hasta la planta, desde el hombre hasta
el insecto; desde la gota de agua hasta la molécula
de granito.
El Siglo XIX como todos los siglos tiene su mod 0
de ser y sus preocupaciones. El siglo XVIII fué des¬
tructor y al nuestro le toca ser reedificador. Nece¬
sita devolver al hombre lo que los escépticos de su
antecesor le arrebataron. Esta es la obra que la Pro¬
videncia encomienda áios seres predestinados.
Algunas almas buenas de la vecina Francia mi¬
raban con sentimiento morir la fé en el corazón de
los hombres. Esa Francia de las nobles pasiones, sen¬
tía marchitarse su gran corazón por la fria increduli¬
dad de una secta que había derribado el altar del senti¬
miento, para colocar en él la estatua marmórea de la
fria razón.
Esas almas tiernas sentían mas que pensaban; al
contrario de los espíritus fuertes, que pensaban mas
que sentían. Aquellas consideraban la humanidad en
detalle; estos, la consideraban en conjunto. No con¬
denamos á los hombres porque obedecen al or¬
den de los acontecimientos. La misión de las re¬
voluciones-ya lo he dicho—es destruir: la de las re¬
generaciones, reedificar.
Entre aquellas buenas almas estaba Lamennais >
que quiso como Rousseau conciliar la libertad con
la religión. La religión se presenta á los sentidos
como poder: á la inteligencia como necesidad: al co¬
razón como amor } Asi pensaba Lamennais ; pero fué
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inconstante en su conducta, mostrándose sucesiva¬
mente subordinado y rebelde á la autoridad religio¬
sa. Escritor de sentimiento y de incomparable estilo,
hablaba al corazón del hombre y de los pueblos, en
nombre de Dios y de la libertad.
Aterrada la imaginación de Chataubriand con las
escenas de la revolución de su pais; testigo á la vez
y victima de ella; lleno de amargura él mismo por
secretas y dolorosas pasiones, era inclinado á la me¬
lancolía, y sus obras se tiñen de ese color que las ha¬
ce tan simpáticas á los corazones sensibles. Profun¬
damente instruido en la filosofía, renuncia sin embar¬
go al argumento, prefiriendo dirigirse al corazón, al
que constituye en juez de las cuestiones políticas, re¬
ligiosas y sociales.—¿Hé logrado conmover?—parece
que decia—luego he persuadido. En efecto, Chateau¬
briand logró resucitar en parte las antiguas armonias
del sentimiento, ahogadas en las frias y ruidosas dis¬
cusiones de los enciclopedistas; y la generación de
nuestro siglo, singularmente la juventud, encantada
por el canoro ruiseñor de los antiguos bosques, llego
á pensar que el hombre á mas de materia y de inteli¬
gencia, tenia otra parte muy esencial en su ser: el
sentimiento.
Pero Chatcaabriaud no tuvo la intima fé del após¬
tol, ni láindomable constancia del mártir. Fluctuando
entre la revolución y la monarquía, entre la tradi¬
ción y el porvenir, no se atrevió á ser en política
francamente liberal, ó francamente monárquico; y en
religión es muy posible que á haber vivido en los pri¬
meros tiempos * del cristianismo no habria ido con
ánimo resuelto y heroico hacia la hoguera.
No pienso ofender con estas palabras, la memoria
del ilustre autor de Los Mártires ; pero le encuentro
á veces débil y vacilante, cnando quiere presentar a
•
— 21 —
la religión frente de la razón humana. Sin embargo,
¿como no reconocer en ese filósofo poeta el inmenso
bien que á la redención del sentimiento han prestado sus
obras?
Madama Stael, heroína del romanticismo, dotada
de la energía moral del hombre y de la esquisita sen¬
sibilidad de la muger, fundó una especie de eclecia-
cismo en el que escluyendo las duras condiciones de
la monarquía absoluta y los bárbaros ejemplos de la
revolución francesa, procuraba reunir todas las bon¬
dades de los dos sistemas en un centro común; acep¬
tando la monarquía templada y la religión como prin¬
cipio moral y civilizador de las modernas sociedades.
Con toda la fuerza de convicción que sienten las al¬
mas inspiradas por el amor á la humanidad, condenó
el materialismo que ya empezaba á estender su hela¬
da zona por la sociedad europea y escribió su Corína
como vindicación de la Italia, oprimida pero no regene¬
rada. Esta preciosa obra parece inspirada por el so¬
plo místico de Gerónimo Savonarola y el alma entu¬
siasta y apasionada de Teresa de Jesús.
¿Quién no conoce á Alfonso Lamartine , ese gran¬
de hombre con el corazón de niño: ese gran poeta que
embellece todo cuanto toca, que tiene el aroma y la
ambrosía en sus lábios y el amor mas intenso en el
corazón?
Lamartine es el cantor de todas las bellezas, el
apóstol de todas las virtudes. Entusiasta hasta la
exaltación, sensible hasta la debilidad, ha vivido
siempre en un mundo de ilusiones, en un estado de
delirio. Se ha creado una existencia ficticia, un hom¬
bre artificial según los tipos ideales que tiene en su
mente creadora. En Lamartine todo es amor, todo
poesía. Son bellos para él todos los bosques, todos los
celajes; ama á todas las naciones; pero sobre todo á
su querida Francia hasta en el momento mismo en
que la maldice. Lamartine adora á Dios en su obra, al
hombre en su libertad. ¡Pero que amarga defección!
Lamartine es calumniado porque retrocede cuando re¬
trocede la Francia. Lamartine es censurado amarga¬
mente por sus deudas no contraidas por los vicios, si
no por haber dejado á su pátria el grandioso monu¬
mento de su viage á Oriente y de otras obras que si
bien no están á la altura de la epopeya, sirven gran¬
demente para volver el candor al corazón de la ju¬
ventud. La Francia abandona á Lamartine y le per¬
mite vender su último y mejor amigo: el caballo favo¬
rito. Lamartine se ve en fin casi reducido a la miseria.
Pero todos los buenos corazones le envían sus sim¬
patías: todos se enternecen con sus obras y sienten
brotar lágrimas de sus ojos entumecidos por el aire
glacial del materialismo.
Otras buenas almas cooperaban también á la re¬
dención del sentimiento en varios países de Europa,
adelantando poco en verdad en su santa misión; por¬
que la tierra no estaba aun bien preparada.
VII.
La revolución francesa que había empezado por
destruir á sus declarados enemigos, siguió destruyen¬
do á sus amigos sospechosos y concluyó devorando sus
propios miembros.
Las cabezas mas ilustres rodaron por los patíbu¬
los ó espiraban entre horribles convulsiones en el su¬
plicio barbáramente ridículo de la linterna. Con las
fauces roncas de gritar y atragantadas de sangre,
— 23 —
cayó rendida y desalentada con la estupidez de la in¬
sensibilidad, á los pies de un soldado atrevido y con
fortuna.
De toda aquella inmensa hecatombe humana, de
todo aquel vasto cementerio, no quedó mas que un
libro y una espada: el libro de los derechos del hom¬
bre, la espada de un Emperador.
Desde entonces vienen luchando la espada y el
libro y es seguro que con el tiempo, antes caerá la
espada dividida en fracmentos, que logre rasgar una
siquiera de las sagradas páginas del libro.
Pero entre tanto, Dios mió! cuantos combates
hay que sostener! cuanta sangre hay que derramar!
Y porqué ha de ser asi? porqué el hombre her¬
mano del hombre ha de combatir, ha de tiranizar á
su hermano? El derecho y la vida del uno, no es el
derecho y la vida del otro? Puede ser el destino de
la humanidad el vivir en perpetua guerra? Si Dios
es el prototipo de la suprema bondad, pued9 consen¬
tir que reciprocamente se aniquilen sus hechuras?
No es mas piadoso creer que el hombre encontrará
algún dia la fórmula de la paz y la armonía de sus
intereses y sentimientos?
Estas amargas, al par que consoladoras ideas,
debieron acudir á la admirable y creadora men¬
te de un hombre que había visto desaparecer á
su familia entre los horrores de la revolución, esca¬
pando él milagrosamente de la guillotina.
He aquí el retrato de ese hombre, sacado de los
anales de la humanidad y trazado por mano diestra.
Francisco María Carlos Fourier, nació en Be-
sanzon en 7 de Abril de 1772. Desde muy niño se de-
dicó al estudio déla naturaleza humana, y habiendo
seguido la carrera del Comercio, aunque sin afición,
recorrió la Francia, la Alemania, la Béljica y la Ho-
landa. Arruinada su familia á consecuencia de
la revolución y habiéndose salvado él mismo, casi
por un milagro, del cadalso, esperimentó gran dis¬
gusto al ver que la sociedad, para conquistar sus de¬
rechos, tenia que apelar á la efusión de sangre. Sus
padecimientos subieron de punto, cuando en virtud
de un decreto se vió incorporado en un regimiento de
caballería, con la obligación de dirigir sus armas, no
solo contra el enemigo, sino también contra sus com¬
patriotas, Obtuvo después la licencia absoluta y otra
vez buscó su subsistencia en el comercio; dedicándo¬
se en los momentos que le quedaban libres, á investi¬
gar las leyes de una nueva organización social. Su
primera obra publicada en 1808 no tuvo el mayor éc-
sito; pero no desalentándose por ello, continuó espla-
nando sus ideas reformadoras en obras sucesivas que
dió á luz desde 1822 hasta 1835. Fourier se proponía
fundar un hombre social en que todas las pasiones
humanas hallasen una satisfacción que redun¬
dase en provecho general; en que todas las capa¬
cidades encontrasen un lejitimo empleo y en donde el
trabajo, aplicado al bienestar universal, fuese un de¬
derecho y un atractivo para todos, y no una pe¬
nosa obligación como lo es actualmente. Con tal obje¬
te quería reunir los tres elementos de capital, traba¬
jo y talento; y asociar á los hombres en grupos, se¬
ríes y falanges por medio de la atracción apasionada,
que es, según él, la ley de la humanidad. Con tal ob¬
jeto dejó escritas las obras siguientes: Teoría de los
cuatro movimientos: Tratado de la asociación do¬
méstico-agrícola: Nuevo mundo industrial. Falsa
industria.
Fourier murió en París en 1837. J
La civilización ha ido formándose lenta y pro¬
gresivamente con el concurso de las inteligencias de
— 25 —
todas las naciones y de todos los siglos. Algunos sa¬
bios, dotados de rica fantasía se habían propuesto for¬
mar un plan sobre la reorganización del mundo, pe¬
ro sus planes, incompletos en \sl esencia, complicados
en la forma y confusos en los detalles, no pasaron de
invenciones ingeniosas mas propias para entretener la
imaginación que para persuadir al entendimiento. Ja¬
más cérebro humano había concebido el audaz pensa¬
miento de regenerar la naturaleza y redimir la hu¬
manidad entera. Parece increíble que Fourier, en
medio de sus] ocupaciones mercantiles, de sus fre¬
cuentes viajes y del profundo y amargo disgusto de
que estaba poseída su alma, pudiese emprender una
obra tan gigantesca, que pudiera llamarse la nueva
creación del mundo.
Aprovechando los materiales de la vieja sociedad,
ennobleciendo, dando una acertada dirección y em¬
pleo á las pasiones que hoy se tienen por destructo-
ros; armonizando los intereses materiales y los del
corazón: regularizando las estaciones, mejorando los
climas, se proponía establecer en el mundo, la liber¬
tad, la paz y la abundancia.
¿Es esto una bella utopia, ó un sueño realizable?
Síes una utopia, debe convenirse en que una crea¬
ción fantástica tan grande no la ha producido jamás
ningún talento. Pero si fuese un sistema realizable
en el porvenir, es necesario confesar que Cárlos Fou¬
rier era la primera inteligencia humana que hubie¬
ran producido los siglos.
Esperemos un poco para juzgar.
La democracia no ha pronunciado la última pa¬
labra; puesto que en los Estados Unidos, modelo de
esa forma, el hambre diezma las masas de obreros.
Esa no puede ser la última palabra de la humanidad,
ara que lleg ue esa última palabra se necesita la
— 26 —
confederación de todas las naciones en repúblicas fe¬
derales; y aun asi no estamos seguros de que la hu¬
manidad se salve.
¿A qué pues hablar de utopias? Puede haber uto¬
pia mayor que lo existente?
Pero continuemos nuestra tarea dejando al tiem¬
po la solución de tan grave problema.
VIII.
También la duda liabia traspasado el alto Piri¬
neo; mas no se detuvo en las crestas de las montañas
vascas, ni en sus profundos valles, alegres campiñas,
y pintorescas poblaciones. Aquel aire, aquella mag¬
nífica naturaleza en que todo procláma á Dios: aque¬
lla raza de hombres de origen inmemorial y oscuro,
libres por la tradición de tantos siglos de libertad y
de creencias, no podía dar hospitalidad á la duda,
y esta vino á caer como una escarcha sobre los países
del centro y medio dia de España, estableciendo sus
reales en la coronada villa.
También aquí se habían debilitado las creencias.
Muchos viejos, que negaban áDios, rendían culto á la
infalibilidad humana: muchas jóvenes formadas por
el espíritu de las novelas frivolamente sentimentales
ó víctimas de alguna pasión burlada, se quejaban á la
edad de quince años de haber perdido todas las ilusio¬
nes. Muchos poetas niños, formados en la escuela de
Byron y Werther y de nuestro malogrado Espronce-
da, se lamentaban de que no les comprendía el mundo y
á fuerza de creerse desgraciados llegaban á serlo;
muchos hombres en fin que habían hecho mala elec-
— 27 —
cion de amigos y de amantes, que no habían he¬
cho beneficios á nadie, que no habían sembrado »
se quejaban de no haber cogido ; negaban el amor, la
amistad y la virtud, se volvían misántropos y odia¬
ban al género humano.
Pero en medio de esa esterilidad del alma, se
conservaba el sentimiento: en medio de esas espinas,
había flores brillantes con sus colores, fragantes con
sus perfumes.
Una reacción saludable se obraba lenta pero pro¬
gresivamente, y se revelaba en la política, en las
ciencias y en las costumbres.
Comenzóse á sentir la necesidad de alimentar el
espíritu que caminaba al azar desatentado y loco por
regiones peligrosas y desconocidas. Adivinábase un
mundo invisible, impalpable, donde nadan las almas
buscando sus armonías. Sintióse sobre todo, la ínti¬
ma necesidad de amar algo y de convertir este amor
en provecho de la humanidad. Después de creer, era
necesario amar y no era la cabeza, sino el corazón, el
que debía buscar la fórmula de este amor.
Esta redención del sentimiento necesitaba un
apóstol, y el apóstol apareció!
IX.
La cuna de la libertad española, fué también la
cuna de Castelar. En Cádiz vió la luz primera.
Las espumosas olas del mar Atlántico arru¬
llaron su primer sueño: los rayos tibios del sol
naciente iluminaron su primera sonrisa. La casa
donde nació en la plaza de Candelaria está cercana á
• 28 —
la Iglesia ele aquel titulo, por cuya circunstancia, los
sentidos del tierno niño debieron impregnarse de las
armonias del órgano, del aroma de los inciensos, y del
sordo gemido de los árboles vecinos agitados por el
vientoyque proyectaban su sombra en el muro delmis-
mo templo. ¿Habrán influido aquellas primeras impre¬
siones en el tinte suave, religioso y melancólico que
se advierte eu sus escritos y discursos?
La naturaleza parece haberse detenido en la for¬
mación de Castelar. De mediana talla como son casi
todos los hombres de genio: con una cabeza perfecta¬
mente modelada, un cráneo digno del estudio de los
frenólogos: con una musculatura suavemente elásti¬
ca, tan susceptible de la energía como de la dulzura,
del entusiasmo, como de la calma; con una frente le¬
vantada y esférica donde pueden caber las mas gran¬
des concepciones, las mas esquisitas cualidades per¬
ceptivas; con unos ojos llenos de espresion avasallado¬
ra: con unos movimientos en que alternan los giros
elípticos y angulares, signos de la gracia, la energía,
y ia dulzura: con un timbre de voz suave como las
ondas sonoras del céfiro y fuertes como el bramido
del huracán; con una dicción eminentemente dramá¬
tica, Castelar ha nacido para el puesto que ocupa en
el mundo, de orador, tribuno, escritor público, doctor
en ciencias y viajero ilustrado.
En su carácter privado, en su vida intima y so¬
cial, tiene algo de cándido, como Lafontaine; es bon¬
dadoso como Beranger: entusiasta como La-Martine:
vuela por los espacios del espíritu, como Teresa de
Jesús.
Si fuera pintor, seguiría la escuela de Rafael: si
músico, compondría en el género de Bellini.
Su divina prosa, que es una verdadera poesía
tiene la tranquila dulzura déla de S. Juan de la Cruz,
la grandiosa sencilles de los cantos de Ossian: la su¬
blime majestad de los salmos de David.
Sus obras y discursos tienen semejanza con los
campos primitivos del mundo, despojados de todo ani¬
mal pernicioso y donde solo hubiera pájaros, flores,
céfiros blandos, aromas, mansas y claras fuentes, ani¬
males pacíficos y en medio, colocados el hombre y la
muger como reyes de la creación, viviendo en inefa¬
ble armonia.
Castelar no ha nacido para el ódio; y para con¬
seguir el concierto y el amor entre los hombres, lle¬
garla hasta el sacrificio.
Reúne la mansedumbre del evangelista, á la fuer¬
za de voluntad del héroe. Como todo reformador, se
siente inspirado; y escribe, habla, suplica, razona y
si fuera preciso arrostrarla el ridículo de las preocu¬
paciones, si por ello pudiera alcanzar alguna conquis¬
ta para la civilización. Pero todo espontáneo, todo
inspirado;sin pedir nada para su amor propio, sin pre¬
tender mas recompensa que un lugar en el corazón de
los hombres.
Castelar ha hecho un gran servicio á la sociedad
y á la democracia española,arrancando del camino de
la linterna y la guillotina á centenares de hombres de
buena íé, que seducidos por la lectura de la revolu¬
ción francesa, quisieran parodiar entre nosotros, las
escenas que se han hecho imposibles. • después de la
primera mitad del siglo XIX.
Castelar es uno de los pocos hombres que se han
atrevido á mirar frente á frente y muy de cerca el es¬
plendor del trono sin deslumbrarse y sin altanería; y
es también el que ha contestado á la sonrisa régia de
una muger y á sus palabras de benevolencia, con la
confirmación de unas doctrinas,que jamás sellan con¬
fesado en aquel lugar.
— 30 —
Castelar es el tipo del evangelista ilustrado. Per¬
suade, porque cree. Predica como Savonarola ías re¬
formas religiosas. Comprendiendo el verdadero espí¬
ritu del Evangelio, lo considera como fundamento de
la democracia. No importa que por ello se atraiga la
animadversión de los religiosos interesados y fanáti¬
cos y el ridículo de los enciclopedistas que quisieran
separar completamente la libertád del Evangelio. Cas-
telar oye á su lado, detrás y enfrente esos vagos ru¬
mores; pero sigue adelante; porque los reformadores
por nada tuercen el sendero por donde los conduce el
esfuerzo irresistible de la Providencia.
Un espíritu tan elevado, un alma tan apasiona¬
da y ardiente; una imaginación tan vigorosa y poéti¬
ca, no podia militar en otro partido que en la demo¬
cracia. Un hombre de su talla, no debia ser un simple
soldado; ni un orador que recuerda á Demóstenes, á
Danton y á López, podia ser un tribuno vulgar. Por
eso, desde luego, fué Castelar el primer orador de la
democracia.
La naturaleza le liabia formado para ese destino.
El timbre de su voz solamente, hiriendo todas las fi¬
bras del sistema nervioso,lo conmueve agradablemen¬
te por un efecto armónico y persuade instintivamen¬
te, aun antes que la palabra lleve la convicción al en¬
tendimiento.
Su entonación al principio suave y melodiosa, de
acuerdo con el sentido de sus discursos, va tomando
cuerpo á medida que alejándose de la introducion va
entrando en el ancho campo de la esposicion, del des-
srrollo, hasta llegar al raciocinio.
Principia con la modestia y la timidez de un ni¬
ño, sigue con la fé y el entusiasmo del adolescente y
concluye con el acento vigoroso yla profunda convic¬
ción del hombre en su completo desarrollo intelectual.
— 31 —
Su elocuencia es la del corazón.
Conmueve, porque siente.
Persuade, porqne está convencido.
Arrebata, porque es arrastrado por el entusiasmo
de las grandes ideas que inflaman su alma y su ce¬
rebro.
Investigando las causas del efecto mágico y ar¬
mónico que en nuestro sistema nervioso producen los
discursos de Castelar, hemos advertido que en la es¬
tructura de su lenguaje están ingeniosamente combi¬
nadas las palabras breves y las largas, lo que produ¬
ce en el oido una continua y variada impresión mu¬
sical, de tal modo, que un estrangero que ignorase
completamente nuestro idioma se sentiria agradable¬
mente conmovido.
Por eso los discursos de Castelar producen efec¬
to en todas las inteligencias, en todos lostemperamen-
tos;porque si su palabra persuade, el timbre de su voz
conmueve.
Censuran algunos los discursos de Castelar por
a pro fusión de sus flores poéticas y su tendencia á los
idilios políticos. Alil tienen por desgracia razón. Cas-
telar que habla con los ángeles, no puede ser compren¬
dido por muchos hijos del siglo XIX, que no oyen n>as
que el áspero ruido de la locomotora y las máquinas,
y no prestan atención á los dulces jemidos de la cari¬
dad y los cánticos de amor y de esperanza que ento¬
nan los obreros del porvenir.
Dicen bien: Castelar no puede ser el cantor de la
materia, mientras la materia en vez de ser la señora,
no sea la esclava del sentimiento.
Castelar no puede levantar Ídolos á la materia,
porque para él la materia no es mas que un instru¬
mento un medio, la forma de la civilización.
La democracia es su bello ideal, su ídolo.
— 32 -
Castelar ama la democracia, como un poeta á su
lira, como un pintor á su cuadro, como un músico á
su instrumento, como un enamorado á su dama, co¬
mo un cazador á su perro, como un creyente á su
Dios.
La democracia es para Castelar una necesidad ar¬
diente, corno el aire que respira, como la sangre que
late en sus venas, como el sustento material de su vi¬
da, como su vida misma.
Para ese apóstol de la democracia, no liay mas
allá: su elevada y clara inteligencia se liá detenido en
ese alto valladar que separa completamente los prin¬
cipios de la monarquía,de los derechos del pueblo.
No hay que hablarle de nuevos sistemas; para él
todos son utopias, fuera de la democracia.
El dia en que Castelar perdiera sus queridas ilu¬
siones; el dia en que grupos enteros de sus discípulos
abandonasen sus banderas para alistarse en las le¬
giones falansterianas, ese dia quedaría muerto su co¬
razón, como el del bardo de los tiempos feudales,
cuando miraba destruir los viejos castillos en cuyos
salones resonaron los apasionados y melancólicos
acentos de su lira.
Tanta fé en sus doctrinas, tanta enerjía en su al¬
ma, tan sublimes dotes en su inteligencia necesita¬
ban una manifestación gráíica, permanente y de esta
necesidad apremiante nació la Democracia. Simul¬
táneamente acudieron á rodear este astro refulgente,
una pléyade de jóvenes que contribuyó en su esfera á
dar vida y esplendor al órgano de la joven demo¬
cracia.
Allí, el maestro, continuó sus predicaciones po¬
líticas abordando y resolviendo las mas grandes
cuestiones sociales políticas y económicas.
El periodista noj era inferior por cierto al cate-
— 33 —
drático de la universidad central y al orador de los
clubs y de las asambleas públicas.
Castelar hizo su estreno de orador público en
una reunión popular muy inmensa. Al empezar su
discurso, dijeron unos pocos:-V«es un adolescente!»—
En el primer tercio de su peroración esclamaron mu¬
chos:—«es un hombre!»—Cuando llegó á su apojeo,
prorrumpió toda la asamblea, arrebatada de entusias¬
mo — «es un génio!»
Pero quien era aquel adolescente, aquel hombre,
aquel genio?
Nadie lo sabia: liabia caído allí como una apari¬
ción sobre natural. Sus palabras, su acento, su ade¬
mán tenían algo de otras regiones.
Así empezó su carrera política y oratoria aquel
hombre estraordinario. Desde entonces acá, ha sido
su vida una série de triunfos aun en medio de las
persecuciones é infortunios sufridos en la patria y en
los países estrangeros; y en la cátedra en la prensa,
en las reuniones públicas en los viajes, en la vida se¬
dentaria, las semillas de sus doctrinas, las flores'desu
elocuencia han sido recogidas con entusiasta soli¬
citud.
El aura popular, el sufragio de los comicios qui¬
sieron llevarlo á las cortes, pero había nacido muy
tarde en un país donde todavía se media la inteligen¬
cia por el cronómetro. Fué necesario esperar. Pero
nunca llegó la hora, porque la reacción iba cerran¬
do todos los caminos de la libertad.
Castelar sostuvo la bandera de los principios en
la prensa todo el tiempo que le fué posible hasta que
fué arrojado de ella y de la cátedra por la fuerza
brutal del mas odioso depotismo.
3
— 3 - 4 —
Pero detengámonos un momento en la Universi¬
dad central.
El que con tanta conciencia y tanta perseveran¬
cia liabia leido la historia; el que tanlo fruto liabia
sacado de ese estudio, en sus aplicaciones á la políti¬
ca; el que dotado de una memoria prodigiosa, llevaba
en su cabeza y en sus labios la historia misma, me¬
recía ser su intérprete en la Universidad y el jurado
universitario no pudo menos al pronunciar su vere¬
dicto, que esclamar: ¡paso d la inteligencia y al
genio!
Un aplauso general, el aplauso de la España ilus¬
trada, coronó las sienes del joven doctor con la au¬
reola popular.
Desde el primer dia de sus esplicaciones orales
acudió un auditorio inmenso en el que se encontra¬
ban literatos, periodistas, diplomáticos, artistas y cu¬
riosos ilustrados.
En las vacaciones, visitó Castelar varios provin¬
cias de España: pintó el Mediterráneo, ese mar de las
familias meridionales, cual jamás ningún paisajista
célebre lo lia pintado.
Describió las campiñas y las montañas; las ciu¬
dades y las aldeas, los monumentos, las costumbres;
evocando por todas partes los recuerdos históricos y
recibiendo por todas partes las ovaciones de la mul¬
titud. En todas partes quisieron escucharlo y en to¬
das partes consiguieron oir su voz sonora y vibrante,
proclamar los santos principios de la democracia.
Hasta entonces una corona de laurel y rosas ce¬
nia sus sienes de jóveny poeta : faltábale la corona
del mártir que hiere la frente de los redentores.
Y el martirio llegó. Y los verdugos de la pátria
que no perdonaban al mas insignificante soldado de
la libertad hirió con su látigo al ilustre caudillo que
—35
guiaba las masas populares y la ilustrada juventud
al templo de la libertad.
Castelar como otros muchos proscriptos ha erra¬
do en tierra estraña, - comiendo el pan de la emigra¬
ción; pero siempre laborioso, siempre inspirado por la
fé y animado por la esperanza, ha recogido preciosos
dato que algún dia verán la luz pública.
Ai volver al suelo natal, el ilustre proscripto
viene resuelto á levantar mas que nunca la bandera
de la democracia.
No hay que hablarle de transaciones acomodati¬
cias con principios que rechaza. Si es una verdad la
declaración de derechos escrita en la bandera revolu¬
cionaria de todas las provincias, Castelar proclamará
la república federativa y la sostendrá en su perió¬
dico.
Castelar no ha creado la idea democrática -pero
es su mas ardiente apóstol. La verdad y el error va¬
gan en el espacio desde el principio de los siglos. Am¬
bos son increados, ambos iuherentes al entendimien¬
to; ambos han tenido y tienen sus apóstoles; pero no
hace mucho el que sacrificando su fortuna, su reposo
y su vida se proclama defensor decidido de la verdad?
En medio del egoísmo de nuestra época, de la indo¬
lencia de nuestra raza, no es un heróe el que por ■con¬
seguirlo todo, todo lo sacrifica?
Todavia Castelar es joven: el horóscopo de su vi¬
da está escrito en el gran libro secreto de los desti¬
nos; nuestras curiosas miradas no puedan penetrar
en sus páginas; pero es dado á nuestro corazón pre¬
sentir y augurar alguna vez sobre los sucesos futu¬
ros. Emilio Castelar tiene su puesto de honor en la
democracia: fuera de ella seria siempre im gran ora¬
dor pero no un hombre grande. Su talla gigantesca
iria disminuyendo á medida que se alejase del pedes-
- 36 -
tal de gloria que hasta ahora lo viene sustentando.
Castelar no puede ser mas que apóstol de la idea
republicana. Cuando esa bandera tiembla y vacila en
algunas manos tímidas, él debe arrebatarla, apretar¬
la contra su corazón y mostrarla al pueblo. Si la de¬
mocracia ha de ser el porvenir de toda la Europa, que
hace España ahora que es dueña absoluta de su so¬
beranea? Si hemos de hacer otra revolución mañana,
porqué no aprovechar la que hemos hecho hoy? He¬
mos de quedar siempre á la zaga de las otras nacio¬
nes? Se ha de repetir siempre la fatídica palabra: ¿aun
no es tiempo?
El voto nacional lo llamará á la asamblea cons¬
tituyente y allí sustentará las mismas doctrinas y en
aquel pnesto tan merecido como anhelado para él por
todos los partidos, escuchará España el primero de los
oradores popurales y la prensa nacional y estrangera
esperarán con ansia sus discursos para difundirlos
por millares de hojas que circularán por todo el mun¬
do civilizado.
Ignoramos los destinos señalados por la Provi¬
dencia en el gran libro del Porvenir, al ilustre orador
y escelente patriota: mas cualesquiera que fueren,
el aura popular le acompañará siempre en sus glorias
y en sus infortunios, como le acompañará siempre la
sincera adhesión de
a. (S